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sábado, 9 de enero de 2010

Arranca la presidencia española de la UE


                                                                                    
Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno de España

España asume la presidencia rotatoria de la Unión Europea consciente de que el nuevo orden impuesto por el Tratado de Lisboa le asigna un papel secundario o, cuando menos, subordinado al Presidente del Consejo Europeo. Y esto, que en principio frustra las expectativas de los españoles, representa un alivio para el conjunto de los europeos. Más vale ignorar la ruina que el socialismo español haría de Europa si Rodríguez Zapatero llevase la voz cantante en lo que respecta a la gestión comunitaria de la crisis económica. Que España ha sido el país con más ardores para digerir la debacle financiera es algo que escapa a toda duda.

Finanzas aparte, es de señalar que la presidencia española aspira a armar su agenda política en base a dos puntales preferentes: la innovación y la igualdad, que es como destejer de noche la trama del día. Por un lado potenciamos la iniciativa tecnológica y ciudadana, y por otro reincidimos en el disparate de planificar las relaciones humanas. Lejos del consenso que nos prometieron, las claves de la presidencia española reproducen exactamente el esquema con el que el PSOE quiere cartografiar el tejido social de Europa. Junto con pequeños pero atinados aciertos como es el caso del compromiso con la adhesión de la Unión al Convenio Europeo de Derechos Humanos, la presidencia española ha diseñado el aborto ideológico de implantar un Observatorio Europeo de la Igualdad de Género. Ahí es nada.

Va a ser también cosa de ver el modo como la presidencia española se las arregle para conciliar el proyecto de más Europa con la afición socialista por las amistades peligrosas. El PSOE, presa de su esquizofrenia habitual, va a vérselas y deseárselas para mantener la unificación europea de criterios en paralelo con su fidelidad a los intereses del ALBA comunista.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Europa, el equilibrio del sentido común

                                                                         

Jacques Delors, ex presidente socialdemócrata de la Comisión Europea

“Ni esto ni eso”, decía Walter Benjamin en referencia a la tenaza que mordía la Europa de su tiempo. Ni fascismo ni comunismo. En una entrevista reciente, Jacques Delors, ex presidente de la Comisión Europea, nos ponía en guardia contra el peligro de que el orden mundial acabe polarizándose entre EEUU y China. Pues bien, ahora hay que decir que no queremos ni neoconservadurismo ni desarrollismo, más bien es tiempo de afianzar los valores que siempre caracterizaron Europa, la comunidad europea.

Si no quiere verse atenazada a la larga, Europa está llamada a reivindicar un sistema de valores propio más allá de los límites de la Unión, y debe hacerlo con voz solista, con una voz que exprese el discurso común de los Estados miembros. Y, sin embargo, la disparidad de posturas ante la crisis económica nos ha dado a entender que no son pocos los países que siguen presos de un solipsismo tan disfuncional como inefectivo. Porque está claro que si no ponemos remedio, nos va a acabar pasando factura el disenso en materia de política económica, una política que ni de lejos se agota en el uso de una divisa compartida, es decir, en la aplicación de un programa monetario común; antes al contrario, se impone como necesaria una decidida unidad de acción capaz de dar la réplica a la polarización del concierto de naciones.

Por lo tanto, si queremos ofrecer una alternativa a las ideologías extremas que enarbolan chinos y estadounidenses, nos corresponde remar en la misma dirección. En este sentido, solo podemos saludar con optimismo la reciente entrada en vigor del Tratado de Lisboa, un paso más en el camino hacia una economía europea con peso internacional.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Las nuevas caras desconocidas de la UE



Herman van Rompuy y Catherine Ashton en su puesta de largo

Por lo pronto, y en parte debido a sus breves horas de vuelo, sólo podemos hablar de nombres y en ningún caso de programas políticos concretos cuando pensamos en los dos nuevos líderes de ese gigante administrativo que es la Unión Europea. Podemos decir poco de lo que han hecho hasta la fecha y no gran cosa de lo que irán a hacer en el futuro. Bien mirado, harán lo que Brown, Merkel o Sarkozy les dejen.

No son pocas las lenguas que hablan de Catherine Ashton y Herman Van Rompuy como de dos títeres en manos de los carismáticos chairmen nacionales. Con todo y ser posible, es cierto que Bélgica ha perdido a un buen Primer Ministro. Allí, bruselenses, flamencos y valones lo echarán de menos y si esto es así puede que, después de todo, la Unión Europea haya dado con un Presidente permanente del Consejo más proactivo de lo que muchos esperan. Talento no le falta, su fuerza es la fuerza de la palabra, y para los que tenemos fe en el verbo Van Rompuy es sinónimo de esperanza. Lo jodido es que la libertad de decisión va a llegarle con cuentagotas al sutil Presidente europeo, y no se le ve muy dispuesto a batirse el cobre por armarse de autoridad. Lástima.

En cuanto a la baronesa y nueva Alta Representante de Política exterior, tampoco hay mucho que decir, lo más que se puede hacer es hablar de ella con pronóstico reservado. Nada le avala que no sea su presunto europeísmo. Sea como fuere, su designación responde a lo que Hans Kelsen llamaba transacciones políticas, que en este caso se resuelve en una concesión al laborismo inglés y a las rabietas de las feministas celosas de la paridad sexual. Había que elegir a un socialista porque así lo exige el sistema democrático proporcional, y había que elegir a una mujer porque así lo mandan los cánones de la insufrible corrección política. De esa manera, a falta de una mujer socialista competente, se eligió a Lady Ashton.

                                                                                                                                                                      

martes, 3 de noviembre de 2009

Luz verde al futuro

                                  

Václav Klaus, con la bandera de Chequia al fondo

Definitivamente se ha llegado a una solución de compromiso por la que el Presidente checo, Václav Klaus, firmará la adhesión de su país al Tratado de Lisboa. Después de que el Tribunal Constitucional checo pusiera las cosas en su sitio desestimando las pataletas del presidente del gobierno, Klaus da su brazo a torcer y se pliega al peso de la evidencia. Recordemos que el máximo mandatario había torpedeado por todos los medios la incorporación de Chequia al proyecto común del conjunto de los miembros de la Unión Europea basándose en la idea, a todas luces infundada, de que el Tratado atenta contra la Constitución checa en el sentido de que limita la soberanía del país.

Václav Klaus da el perfil del político ingenuamente escéptico que ve fantasmas donde no los hay y los pasa por alto donde realmente están. En eso consisten la estupidez y esa postura típicamente escéptica amiga de dar mayor crédito a la mentira que a la verdad. Al parecer, Klaus ha llegado a construirse un universo psicológico propio en el que Chequia goza de un status diplomático único dentro de la Unión Europea y en el que, además, el planeta atraviesa un excelente estado de salud. A estas alturas ya está claro que cualquier contacto del pensamiento de este señor con la realidad es pura coincidencia.

La firma del presidente checo da luz verde a la formalización jurídica del Tratado de Lisboa, que entrará en vigor a partir del próximo 1 de Diciembre según todos los cálculos. Pero tampoco entonces estará el horizonte despejado para la aplicación del nuevo pacto si los tories acaban imponiéndose en los próximos comicios británicos. Así lo ha expresado el líder del partido conservador, David Cameron, que viene de lanzar una bravata acerca de su negativa a realizar el referéndum sobre el Tratado de Lisboa en el Reino Unido. ¡Madre mía! ¡Qué rebeldes están los conservadores!

miércoles, 21 de octubre de 2009

Moratinos por Cuba

                                                                  

Raúl Castro y Miguel Ángel Moratinos, tan amigos.

Miguel Ángel Moratinos puede volver de Cuba con la satisfacción del trabajo bien hecho. Nada va a morderle la conciencia. Le enviaron con la intención de ahondar en la camaradería con el gobierno autoritario que preside el testaferro Raúl Castro y es obligado reconocer que el ministro ha cumplido. Además de hacerle llegar los saludos mandados por los camaradas del partido socialista, Moratinos le hizo a Castro la promesa de romper unilateralmente el pacto de la Posición Común, que condiciona la política de la UE en relación con Cuba al respeto por los derechos humanos. En señal de buena voluntad, Moratinos ya ha violado no pocos de los puntos recogidos en dicho pacto. Me refiero al compromiso, extensible a todos los estadistas europeos que pisan la isla, de establecer una mesa de diálogo con la disidencia cubana; así como al compromiso de considerar los avances en materia de derechos civiles como un elemento positivo en las negociaciones con el politburó castrista; responsabilidades que el canciller español se ha pasado por el forro.


No contento con ello, Moratinos le ofreció al menor de los Castro una silla en la cumbre que la UE celebrará en Madrid con los países de la América pobre en el mes de mayo del 2010. En pago por tanta generosidad, Raúl Castro dio amnistía a dos presos españoles que cumplían condena en cárceles de la isla cubana, logro que debemos al carisma diplomático del ministro de Exteriores español.

Pero tanto pasteleo no puede ser bueno: la actitud de Moratinos ya ha provocado reacciones en el seno del PP y puede comprometer el diseño del pacto entre los dos grandes partidos españoles con la presidencia de la UE en el horizonte. Aparte de eso, va a ser cosa de ver la respuesta que dé la comisión europea a las confraternizaciones que Moratinos ha cosechado a lo largo de su paseo por la isla de Cuba.